Refutación a Keynes, por Henry Hazlitt (22)

Capítulo XXII – El Ciclo Económico

  •  “Un colapso repentino” de la “eficacia marginal del capital”

Al principio me había propuesto hacer de este capítulo el más evidente de toda la Teoría General, y esto porque cuando me lo leí por primera vez (conociendo la Teoría del Ciclo de La Escuela Austríaca) me impacto tanto porque entendí que los efectos devastadores de las medidas propuestas por Keynes, son justamente lo que queremos evitar los que conocemos la Teoría del Ciclo de la Escuela Austríaca, que de manera sencilla es la descoordinación de la estructura de capital, misma que es causada por la expansión artificial del crédito. Dicho de manera todavía más simple: las ideas de Keynes son las que causan los ciclos económicos para quien ha leído la Teoría del Ciclo de la Escuela Austriaca, y eso es el resumen de este capítulo desde mi punto de vista. Pero retomemos el capítulo con los ojos de Hazlitt.

La principal causa de los ciclos económicos, según Keynes, se debe a la forma en que fluctúa la “eficacia marginal del capital”. Como ya estamos acostumbrados a las vagas, distintas y contradictorias definiciones para un mismo concepto de Keynes, Hazlitt cita de manera textual, acerca de lo que Keynes define como “eficacia marginal del capital”. Si bien son tres definiciones de la “eficacia marginal del capital” hechas por Keynes, al final se queda con la siguiente: que la “eficacia marginal del capital” está determinada por la psicología incontrolable y desobediente del mundo de los negocios (pág. 317). Lo que nos lleva a otra pregunta: ¿Qué es lo que origina ese colapso en la psicología o en los populares animal spirits? En el fondo su Teoría del Ciclo no tiene nada de científico, y esto por la simple razón de que el mercado funciona de forma descontrolada, como una anarquía según Marx, y que, sorpresa, los únicos capaces de solucionar el problema, los únicos aptos, los únicos seres racionales y provistos de todo el conocimiento disperso en la economía son, sorpresa, los burócratas gubernamentales para quienes fue escrito el libro. En sus manos se encuentra el rumbo, pues el resto es considerado, según Keynes, en estos términos: compradores en gran medida ignorantes y especuladores.

Lo que sigue del capítulo, como es de esperar, trata de lo que deberían hacer estos burócratas iluminados, esto, claro está, para evitar el colapso de la economía. El final es cantado, pues queda más que claro que el manual de Keynes está construido de tal forma, que los únicos capaces de solucionar los problemas son los burócratas gubernamentales porque al final, el mercado está compuesto por seres ignorantes y especuladores, por empresarios ineptos que por defecto cometen errores de inversión, y por eso el Estado tiene que hacerse cargo de las inversiones, ya que el inglés llega “a la conclusión de que el deber de ordenar en todo momento el volumen de la inversión no puede dejarse, con garantías de seguridad, en manos privadas” (las itálicas esta vez son mías. Pág. 320); Keynes está dispuesto a apoyar “una tasa de inversión controlada socialmente (o sea, desde el gobierno)” (págs. 324-25).

  •  Una política de inflación permanente

Si las burbujas de activos, los errores de inversión generalizados, el sobre consumo, la descoordinación de la estructura temporal del capital y otros efectos, son causados por la expansión artificial de crédito orquestado desde los bancos centrales en complicidad de la banca privada, y es lo que explica el auge momentáneo en las economías, el remedio no está en reducir más los tipos de interés, porque esto impide la reasignación de los factores productivos a sectores distintos a los que cometieron tales errores de inversión por los tipos de interés artificialmente bajos. Pero como Keynes esto no lo estudia, y en su lugar crea el mamarracho de que los empresarios son estúpidos por naturaleza y que los compradores son en gran medida ignorantes, le parece beneficioso que los auges se mantengan, y que sólo los economistas que se opongan a las burbujas inflacionistas, a los salarios mantenidos artificialmente elevados y al sobre consumo, son economistas que se oponen al pleno empleo, que carecen de argumentos de base, “aparte del confusionismo mental que entrañan” (páginas 327-28). Si bien omití algunas secciones, que no suelo hacer, es porque demostrar tantas falacias, contradicciones, hombres de paja: agotan. Admiro la paciencia inquebrantable que tiene Hazlitt cuando se trata de refutar una por una, las falacias de Keynes.                              

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