Refutación de Keynes: Henry Hazlitt (9)

Cap. 9 La Propensión a Consumir

En la primera sección, “digresión sobre economía matemática”, Hazlitt critica la poca utilidad de las ecuaciones matemáticas, ya que si bien en la actualidad se han perfeccionado y se han vuelto más complejas al momento de crear modelos matemáticos, no van más allá de representar un estado de demanda, del que exista durante más de un instante de tiempo. Y esto porque por el propio paso del tiempo y las impredecibles decisiones de los agentes económicos lo impiden. Peor aún es establecer funciones (función de oferta y demanda global) dependientes de una variable (número de hombres empleados ) y creer que es lo que explica la economía en su conjunto.

En “el significado de ahorro” Hazlitt cita la definitiva definición del ahorro para Keynes. Recordemos que en los primeros capítulos, Keynes se mostraba ambiguo en lo que respecta a la definición de ahorro, pues el ahorro primero era igual a la inversión y por otro lado, el ahorro no tenía conexión con la inversión. Ahora bien, la definición definitiva de ahorro en la teoría general “es el acto simplemente negativo de dejar de gastar dinero o negarse a gastarlo en bienes de consumo o en bienes de capital, directa o indirectamente”. Dos  objeciones pueden hacerse de esta proposición: que la división entre bienes de capital y bienes de consumo es arbitraria y en la realidad es muy difícil de contabilizarlas como tal; que la simplicidad de su modelo macroeconómico no necesariamente tiene una conexión con la realidad, esto por las definiciones arbitrarias y matemáticas que tiene, que no tienen sustento en la realidad.

En resumen: “he aquí la Teoría General, con su tergiversación de
todos los valores: la gran virtud es el consumo, la disipación, la imprevisión; el gran vicio es el ahorro, la austeridad, la “ prudencia financiera”.Reservaremos para más adelante la exposición de por qué el “enigma” de Keynes es un enigma de su propia imaginación, no del sistema económico de libre empresa. Pero podemos anticipar aquí una de nuestras principales críticas, llamando la atención sobre la informe e ingenua concepción de Keynes de “ consumo” e “ inversión” en términos puramente cuantitativos, cuando todo ser humano civilizado, en su consumo real y en su utilización real de equipo capital, los concibe igualmente en términos cualitativos. Existen, naturalmente, límites definidos al uso o consumo cuantitativos de alimentos, de vestido, de vivienda y de equipo capital Pero no cabe poner límites a las posibles mejoras en la calidad del equipo capital y de los bienes y servicios a cuya producción este puede coadyuvar.”

Refutación de Keynes: Henry Hazlitt (8)

Cap. 8 Ingreso, Ahorro e Inversión

De sus mayores falacias dan como resultado su indefinición por sus contradictorias definiciones de ahorro e inversión que formula a lo largo de su libro. Como mencionamos en capítulos anteriores, esto es, que al ahorro y la inversión son necesariamente iguales y que por otra parte el ahorro no tiene conexión con la inversión.

Otras confusiones de Keynes:

  • “Además, la demanda efectiva es simplemente el ingreso total (o producto de las ventas) que los empresarios esperan recibir…”  (pág. 55). Si se trata de una demanda “efectiva” ¿Cómo es que puede ser demanda “efectiva” pero “esperada” por los empresarios?
  • Que el ahorro e inversión son “necesariamente iguales”, y “simplemente aspectos diferentes de la misma cosa” (pág. 74); y que, por otro lado, según Keynes, que el ahorro e inversión son “dos actividades esencialmente diferentes” sin siquiera un “nexo” (pág. 21), de forma que no solo el ahorro puede exceder a la inversión, sino que de manera crónica tiende a hacerlo.

Otro aspecto peculiar de la TG es lo claro que deja el desprecio que le tiene a la cultura del ahorro, esto porque lo pone en el papel de villano basado en el argumento de que el ahorro beneficiaba más a los capitalistas que a los trabajadores ya que los primeros, aunque terminasen disfrutando de una mayor parte de él, la cultura (donde el ahorro era una virtud) impedían que esto puedan consumirlo sin culpa. Lo que ignora Keynes acerca de los beneficios del ahorro es que gracias a los aumentos en la productividad que se logra cuando se capitalizan, se logran no sólo incrementos en la producción sino también en los salarios, y así sucesivamente; Así mismo, parece ignorar el hecho de que las personas que ahorran, no lo hacen indefinidamente sino determinados fines, algo que Bawerk trata en su artículo “La Función del Ahorro”

Los objetivos que se buscan demonizando el ahorro son dos:

  • La idea de que con mayor ahorro y tanto menor consumo, se reduce la demanda agregada, la producción, el empleo, el consumo, y así sucesivamente en un círculo vicioso.
  • La idea de que no es necesario ahorrar de forma genuina cuando simplemente basta con recurrir al crédito artificialmente barato y suplir de esta manera el ahorro e impedir ese circulo vicioso antes comentado.

Es fácil comprar la idea del circulo vicioso, porque a primera vista parece ser un argumento lógico. Para superar la idea del círculo vicioso, además del artículo de Bawerk y el de Frank Shostak, lo que hay que ver es que lo que antes ser ahorro, ahora constituye una demanda de bienes intermedios (trabajo, tierra, materias primas) que los empresarios utilizan para sus proyectos empresariales, y que el ahorro actual, muy probablemente será una demanda futura de bienes intermedios que tendrán el mismo fin: servir para proyectos empresariales cuyo fin siempre es el mismo: satisfacer las necesidades del consumidor.

Sobre el segundo punto, de que es posible sustituir ahorro genuino con deuda (crédito artificialmente barato) no implica que sea una medida sostenible, porque como muy bien lo explica la teoría del ciclo de la escuela austriaca, expandir el crédito artificialmente barato (descalzando plazos y riesgos o endeudarse a corto plazo para invertir a largo plazo) genera un boom en la economía pero temporal e insostenible en el tiempo.

Refutación de Keynes: Henry Hazlitt (7)

Cap. 7 Estática frente a Dinámica

Se podría decir que desde la aparición de la TG, se le atribuye a Keynes los “análisis de estática comparativa” en economía, es decir, la respuesta de un sistema a las variaciones de ciertos parámetros, algo que muy probable de que siga llevando en las carreras de economía.

Y así como que no quien descubrió el rol de las expectativas en la economía, tampoco fue el primero en analizar de manera dinámica la economía: los economistas clásicos, y más aún, la teoría del capital y del ciclo económico son altamente dinámicos y fueron escritos antes de la TG. Aquí un ejemplo de análisis dinámico: la teoría del ciclo de la escuela austríaca cuya idea esencial antecede a al “descubrimiento” de Keynes.

Incluso puede pensarse que la idea de equilibrio pertenece al tipo estático de análisis,  parecería que así nos lo muestra la idea neoclásica de equilibrio, donde los mercados se vacían a determinado precio o precios porque todos los que quieren vender a tal precio encuentran comprador.  Pero si dejamos por un instante el herramental matemático y miramos los procesos económicos, nos daremos cuenta de que el equilibrio neoclásico pertenece a un modelo que dista la realidad, y esto porque la economía nunca llega al equilibrio, sino que tiende hacia el mismo, y nunca llega a el por el rol empresarial que cumplen los agentes económicos, rol empresarial que a su vez es el factor coordinante del mercado. Esto último lo pueden explicar mejor los profesores Jesús Huerta de Soto en “La Función Empresarial” y  Oscar Vara en su video titulado “Función empresarial, competencia y desigualdad”.

Refutación de Keynes: Henry Hazlitt (6)

Cap. 6 El Papel de las Expectativas

Este capítulo, al ser relativamente más corto que los demás, y por ser de los temas principales, “patentados” por Keynes, merece ser transcrito de manera íntegra por Hazlitt:

El capítulo 5 de la General Theory, “Las expectativas como determinantes de la producción y del empleo”, es en el fondo a la vez sensato y realista. Keynes comienza por destacar lo que habría de ser obvio:

Toda producción tiene como fin el satisfacer en ultimo termino a un consumidor. Sin embargo, algún tiempo pasa, normalmente—y a veces mucho tiempo—, entre el momento en que el productor incurre en I06 costes (con vistas al consumo) y el de la compra de la producción por el consumidor final. Entre tanto, el empresario… ha de formular las expectativas más perfectas

que pueda… y no tiene otra alternativa que la de guiarse por estas expectativas, si es que realmente piensa producir a través de los procesos que llevan tiempo. Pasa entonces Keynes a distinguir las expectativas “a corto plazo”, relativas a la producción en curso, de las expectativas “a largo plazo”, relativas a las adiciones al equipo capital. Tras introducir una multitud de elaboraciones y complicaciones innecesarias, concluye: Un ininterrumpido proceso de transición… a una nueva posición a largo plazo puede ser complicada en el detalle. Pero el curso real de los acontecimientos es aún más complicado, porque el estado de las expectativas es susceptible de constantes variaciones, superponiéndose una nueva expectativa mucho antes de que la variación anterior se haya desarrollado plenamente… (página 50).

No sería apenas necesario prestar mucha atención a este capítulo, si los admiradores y discípulos de Keynes no hubieran formado tanto alboroto en torno al mismo. “Las expectativas—escribe Alvin H. Hansen (generalmente considerado como el principal discípulo americano de Keynes)—desempeñan su papel en todas las relaciones funcionales básicas de Keynes”[1]. El economista británico J. R. Hicks lo considera como un elemento nuevo y vitalmente significativo: “Una vez agregado el elemento que faltaba—la previsión—el análisis del equilibrio puede utilizarse no solo en las condiciones estacionarias remotas a las que muchos economistas se han visto obligados a retroceder, sino incluso en el mundo real en “desequilibrio” [2].

Una manifestación semejante hace al lector frotarse los ojos de incredulidad. Quizá sea cierto que solo recientemente se haya puesto de moda entre los economistas académicos hacer mucho hincapié en las “expectativas”, bajo ese especifico nombre. Pero la mayoría de los economistas desde los tiempos de Adam Smith las han tenido en cuenta, aunque no haya sido más que implícitamente. Nadie hubiera podido escribir jamás acerca de las fluctuaciones en el mercado de capitales, o en el precio del trigo, del maíz o del algodón, sin hacerlo, al menos implícitamente, en términos de las expectativas de los especuladores, de los inversionistas y del mundo de los negocios. Y la mayoría de los que han escrito sobre los ciclos económicos han reconocido el papel que las variaciones en las expectativas juegan en los auges, en los pánicos y en las

depresiones.

Era practica de los escritores anteriores introducir este elemento bajo las denominaciones de “optimismo” y “pesimismo”, o “confianza” y “falta de confianza”. Asi, para no citar más que un ejemplo, Wesley C. Mitchell, ya en 1913, escribió:

Virtualmente, todos los problemas económicos entrañan elementos que no son conocidos de forma precisa, pero que han de ser estimados de modo aproximado, incluso para el presente, y previstos todavía más toscamente para el futuro. Las probabilidades ocupan el puesto de la certeza, tanto entre los datos sobre los que se basa el razonamiento como entre las conclusiones a que llega aquel. Este hecho hace que los estados de optimismo y pesimismo tengan una buena parte de intervención en la configuración de las decisiones relativas a los negocios[3].

Incluso aunque los economistas académicos hubieran olvidado el papel de las expectativas en los cambios económicos, todo especulador, todo inversionista y todo hombre de negocios, deben de haber conocido, desde tiempo inmemorial, el papel central que desempeñan las expectativas.

Todo especulador experimentado sabe que el nivel de precios en el mercado de capitales refleja las expectativas compuestas de los grupos especulativo, inversionista y de los negocios. Sus propias compras o ventas especulativas son de hecho una apuesta a que sus propias expectativas acerca de los precios futuros de los títulos son mejores que las expectativas compuestas actuales contra las cuales apuesta. Todo inversionista y hombre de negocios es en parte, inevitablemente, un especulador. El hombre de negocios no solo tiene que calcular lo que los consumidores estarán dispuestos a pagar por su producto cuando este se encuentre listo para el mercado; ha de adivinar también correctamente si aquellos van a desear ese producto.

La principal crítica que se puede hacer a Keynes por su tratamiento de las expectativas (en el capítulo 5) es no que les dé demasiado énfasis, sino demasiado poco, porque este capítulo se refiere solamente al efecto de las expectativas sobre la producción y el empleo. Keynes debiera haber reconocido también que las expectativas se incorporan y reflejan en cada precio, incluso en el precio de las materias primas que cada hombre de negocios aislado ha de comprar, y en los tipos de salario que ha de pagar.

Aun ha de hacerse otra observación, sin embargo, sobre el capítulo 5 de la General Theory. A todo lo largo de él, Keynes supone tácitamente (nunca explícitamente) que casi siempre existe un paro sustancial. Supone que cuando son demandados nuevos trabajadores por las empresas de equipo capital, por ejemplo, son siempre añadidos al volumen total de empleo. A lo que parece, son extraídos de algún indeterminado ejército de parados. Nunca considera Keynes la posibilidad de que los nuevos trabajadores de las industrias de capital sean reclutados de entre los trabajadores existentes en las industrias de consumo. Nunca considera el efecto que esta competencia por conseguir trabajadores pudiera tener en la elevación de los tipos de salario, más bien que en el simple aumento del volumen de empleo. Por el contrario, supone tácitamente que los tipos de salario permanecen invariables.

En resumen, las limitaciones y la naturaleza de los supuestos de Keynes hacen de su teoría del empleo, en el mejor de los casos, una teoría especial, no una teoría general, como se jacta su título.


[1] A Guide to Keynes (Nueva York: McGraw-Hill, 1953), pag. 53.

[2] “Mr. Keynes’ Theory of Unemployment” , Economic Journal, junio de 1936.

pagina 240.

[3] Business Cycles and Their Causes (University of California Press, ed. de

1941), pag. 5.

Refutación de Keynes: Henry Hazlitt (5)

Cap. 5 Unidades de Trabajo y Unidades de Salario

Análisis del capitulo “La elección de unidades” de la TG de Keynes, capítulo que ilustra las “inconsistencias de su pensamiento, así como la ligereza, la variabilidad y, a veces, la contradicción de los conceptos que él consideraba básicos.” (Hazlitt)

La primera contradicción de este capítulo es cuando Keynes pone de manifiesto que no tendría significado (salvo en términos de valor monetario) sumar mercancías no homogéneas o que equipo de capital no homogéneo para obtener un total en términos “reales”: algo asi como que no tiene significado sumar una tonelada de arena con una tonelada de relojes de oro y obtener un total que tenga significado en otro sentido que no sea el peso (pues ambos comparten la característica de peso). Si bien la crítica de Keynes de sumar mercancías o equipo capital no homogéneo es válida, acto seguido supone que sí es posible sumar trabajo heterogéneo y obtener un total que denomina “unidades de trabajo reales” que, según Keynes, éste sí tiene sentido. ¿Será posible esto? Pues absolutamente no. ¿Por qué? Pues justamente porque no encontramos un patrón de medida ante semejante diversidad de empleos que existen en la economía. ¿O Cómo podemos sumar una hora de trabajo de un dentista con una hora de trabajo de un zapatero? Incluso entre trabajadores del mismo rubro no es posible establecer un patrón objetivo pues en sentido estricto, cada trabajador de cada rubro se diferencia completamente de otro en cuanto a rapidez, exactitud e inteligencia. Sumar conjuntamente trabajo heterogéneo y que tenga sentido es como sumar peras con manzanas. Al estilo de Karl Marx, Keynes extrae ese patrón común entre unidades heterogéneas de trabajo: “una hora de empleo de trabajo ordinario como nuestra unidad, y ponderando una jora de empleo de trabajo especial proporcionalmente a su remuneración; es decir, una de trabajo remunerada al doble de los tipos corrientes contará como dos unidades (TG. Pág. 41)

Similar a lo escrito por Karl Marx (y refutado por la teoría subjetiva del valor):

El trabajo especializado [escribió] cuenta únicamente como trabajo corriente intensificado o, mejor dicho, multiplicado, de forma que una cantidad menor de trabajo especializado equivale a una cantidad mayor de trabajo corriente. La experiencia ensena que el trabajo especializado puede reducirse siempre de esta forma a términos de trabajo corriente. Aunque una mercancía sea el producto del trabajo más altamente especializado, su valor puede ser igualado con el del producto del trabajo corriente, de forma que represente sencillamente una cantidad definida de este último (K al Marx: Capital (ed. Everyman), I, 13-14.).

Keynes, “sin darse cuenta” establece un patrón de medida peor aún del que al principio de su capítulo critica. La “cantidad de empleo” de Keynes es lo que la cantidad de trabajo fue para Marx: patrones de medición que comparten el patrón de tener algún valor por si mismos.

Refutación de Keynes: Henry Hazlitt (4)

Cap 4 Obertura

Los escritos de Keynes invierten constantemente causa y efecto, por ejemplo:

“Los empresarios se esforzarán en fijar el volumen de empleo en el nivel en que esperan hacer máxima la diferencia entre los ingresos y el coste de los factores” (págs. 24-25)

Los empresarios no calculan sus ingresos y costes basados primeramente en el volumen de empleo que contratarán. En lo que sí se fijan primero es que tan rentable será su proyecto empresarial; dentro de sus costes se encuentran no sólo el “volumen de empleo” utilizado, sino el coste de capital, sus costos variables, sus costos fijos, etc. es decir, que “volumen de empleo” no puede ser “el factor”, sino que es uno de los factores que determinarán los costos de su proyecto empresarial. Pero Keynes insiste en lo determinante de su particular relación a nivel macroeconómico, tanto así que lo convierte en una función de tipo matemático: “Ningún fabricante se dice a sí mismo: “Voy a emplear un numero N de hombres, y esto me va a originar un coste total Z y un ingreso total D”. Comienza justamente al revés. Empieza por decidir o bien cuánto dinero puede aportar para producir, p. ej., Z, o bien que cantidad podría fabricar o vender de un producto, consiguiendo unos ingresos D. Y entonces decide cuantos hombres necesitara o puede permitirse. De modo que, en caso de poderse establecer alguna relación fundamental, esta habría de ser la inversa de la establecida por Keynes, y N seria, digamos, una función de D o una función de Z.” (Hazlitt)

Por otro lado, un sinsentido que acuña Keynes es el de “demanda efectiva”: la demanda es efectiva por definición, pues sino es efectiva, se llamaría necesidad, apetencia, deseo o antojo. En suma, su causalidad invertida, esto es, que el empresario determina sus costes e ingresos “óptimos” ajustando el “volumen de empleo” o como también llama, “el número N de hombres” y el sinsentido (demanda efectiva) que acuña, constituyen para Keynes “la sustancia de la teoría general del empleo” (pág. 25)

Otra confusión de Keynes es lo que denomina “equilibrio con subempleo”, y esto por hacer un mal uso de términos de la “escuela clásica”, puesto que una de las condiciones de equilibrio es la de pleno empleo y el pleno empleo se da siempre cuando hay equilibrio. Por tanto, hablar de equilibrio con subempleo es una contradicción en los términos.

Por último, también es preciso mencionar que Keynes usa la burla y descalificaciones de los argumentos en lugar de criticarlos de manera lógica y seria. De esto nos damos cuenta cuando leemos la sección III del capítulo 3, por ejemplo, pero no solo. Hazlitt replica las burlas en la última sección (3. Burla a la austeridad) del presente capítulo que resumo.

Pero como más adelante se verá, las ideas que Keynes plasma en su “Teoría General”, ya fueron formuladas y refutadas en mayor medida por los economistas clásicos. El “logro” de Keynes fue haberlas resucitado con el disfraz y la oscuridad de su retórica.

“Keynes echo la culpa a los “postulados clásicos” del propio estancamiento causado por políticas basadas en los postulados keynesianos. Porque los postulados keynesianos y las políticas keynesianas existían ya años antes de que Keynes los aprobara y tratara de sistematizarlos en la General Theory. Eran, como veremos, los viejísimos postulados y políticas de inflacionismo (construyendo de cara a un inevitable estallido), restricciones y políticas gubernamentales de “estabilización de precios”, y tipos de salarios inflexibles en sentido descendente. Se impidió la flexibilidad de salarios, precios y mercados postulada por los economistas neoclásicos, y luego las consecuencias fueron atribuidas a la economía neoclásica.” (Hazlitt)

Refutación de Keynes: Henry Hazlitt (3)

Cap. 3 Keynes, Contra la Ley de Say

                Economistas como Benjamin M. Anderson (hijo), Von Mises o Ramón Rallo han demostrado también que la “refutación” keynesiana de la ley de salidas de Say, primero que no cita ningún pasaje del propio Say para refutarlo (John Stuart Mill) y segundo, que tergiversa la ley que Mill hace de la ley de salidas de Say porque no la cita (desde los escritos de Mill) de manera completa.

Primero recordemos que la ley de Say fue una refutación preliminar de que en las economías pueda darse una superproducción o sobreproducción general.

Lo que Keynes “refuta” es la doctrina de que la oferta crea su propia demanda, pero lo que no menciona es que dicha doctrina está basada en el supuesto de que exista un equilibrio adecuado entre las diferentes clases de producción y entre los precios de los diferentes bienes y servicios , dicho de otro modo, no puede haber una superproducción general ya que si se duplicase de manera generalizada la oferta de bienes y servicios, su respectiva demanda no absorbería el doble de oferta de todos los bienes y servicios disponibles en el mercado, pues como Say y Mill aclaran y que Keynes no menciona, es que habrán bienes y servicios demandados que más que se duplicarán y habrán bienes que no lo harán de manera proporcional a su oferta duplicada:

De la ley de salidas de Say tampoco se deduce (como pretendió Keynes) “que las depresiones y los paros fueran imposibles, y de que todo lo producido encontraría una salida fácil a un precio provechoso” (Hazlitt), simplemente era la negación de la posibilidad de una superproducción general de todos los bienes y servicios.

Si uno se sumerge en la historia del pensamiento económico, encontrará que fue Malthus, un siglo antes de Keynes (1820) quien intentó “refutar” la ley de salidas de Say, y fue replicado de manera devastadora por David Ricardo.

Por último, Keynes también “refuta” un “corolario de la misma doctrina” de la ley de salidas de Say, y es la idea de que el ahorro, al reducir el gasto, deprimirá la economía. Si bien un aumento del ahorro reduce el consumo, lo hace de manera temporal: las personas no ahorran sin propósitos ya definidos, y en ese sentido el ahorro puede ser visto como consumo retrasado, como consumo que se ha de realizar en el futuro, por lo que una disminución del consumo y posterior disminución de la producción son temporales; por otro lado, el ahorro en realidad es poder de compra presente que otros agentes (empresarios) usan para invertir en proyectos que consideren rentables en el futuro, proyectos que demandan tanto bienes de capital como factor humano para su realización. Pero lo particular de Keynes en este punto, son las siguientes contradicciones:

  • Que el ahorro e inversión son “necesariamente iguales”, y “simplemente aspectos diferentes de la misma cosa” (pág. 74).
  • Que el ahorro e inversión son “dos actividades esencialmente diferentes” sin siquiera un “nexo” (pág. 21), de forma que no solo el ahorro puede exceder a la inversión, sino que de manera crónica tiende a hacerlo.

Refutación de Keynes: Henry Hazlitt (2)

Cap. 2 Los Postulados de la Economía Keynesiana

La teoría clásica del empleo –según K- tiene dos postulados: que el salario es igual al producto marginal del trabajo (teóricos subjetivos del valor); la utilidad del salario con un volumen determinado de empleo es igual a la desutilidad marginal de aquel de empleo.

La teoría marginal de los salarios y del empleo consiste en que los tipos de salario están determinados por la productividad de los trabajadores, y en que el pleno empleo los tipos de salario son iguales a la productividad marginal de todos aquellos que buscan y que son capaces de trabajar: existirá paro siempre que los tipos de salario excedan de esa productividad marginal. Ahora bien, los tipos de salario pueden exceder esa productividad marginal, o bien a través de peticiones sindicales o bien por un descenso de aquella productividad.

Sobre los tipos de salario y paro

La causa más frecuente de paro son los tipos de salario excesivos, lo que paralelamente puede verse también como que la causa de un excedente invendido se da por la negativa del vendedor a reducir sus precios. Keynes no usa una comparación de este tipo, del tipo lógico, y esto para hacer parecer que los fenómenos del mercado laboral son distintos a los fenómenos de otros mercados.

El “plus” que introduce Keynes es que los trabajadores, en realidad, se interesan más en sus salarios nominales que en sus salarios reales, proposición que ya es anticuada, pues actualmente la mayor parte de los sindicatos ajustan calculando sobre la base de salarios reales (ajustados a la inflación)

¿Por qué Keynes afirma que los trabajadores les dan mayor importancia a los salarios nominales que a los reales? Porque como veremos más adelante, es funcional a sus políticas inflacionistas, y de este modo reducir sus salarios reales por debajo del “nivel” de productividad marginal del trabajo.

Algo necesario de mencionar es que al momento de criticar la teoría marginal del salario y del empleo (a la que llama teoría clásica del empleo), utiliza la productividad física y los salarios nominales, algo del todo irrelevante porque lo que cuenta en economía es sólo el valor de la productividad, pues por mucha productividad del tipo físico que se incremente, si no tiene valor para el consumidor, al final todo ese esfuerzo físico tampoco valdrá nada.

El error metodológico considerado como un aporte al momento de analizar la economía es el de los agregados, pues más que condensar la información en una variable, hace que se pierdan de vista millones de ellas. Por ejemplo, “El” salario real o nominal que utiliza Keynes al momento de fabricar sus teorías “es una ficción de la pobre imaginación del economista. Es una violenta supersimplificación que prescinde de los millares de diferencias en sueldos y salarios individuales que constituyen la realidad” (Hazlitt). Del mismo modo, “el nivel de salarios “como “el nivel general de precios” no existen en la realidad, y lo que es peor, impiden saber lo que pasa “ahí dentro” de toda esa información en bloque. “La palabra “nivel” por su parte, da origen a otro supuesto falso, a saber, el de que los salarios suben o bajan de forma igual o uniforme, lo que ni de cerca se aproxima a la realidad.

Acerca del paro voluntario, involuntario y friccional: “El paro ha de ser o voluntario o involuntario. Ciertamente que esas dos categorías agotan las posibilidades. No cabe una tercera categoría. El paro “friccional” ha de ser o voluntario o involuntario. En la práctica, es probable que tenga parte de los dos. El paro “friccional” puede ser involuntario a través de la enfermedad, la incapacidad, la quiebra de una empresa, el cese inesperado del trabajo estacional, o el despido. Puede ser voluntario el paro “friccional” porque una familia se ha desplazado a un nuevo punto, porque un hombre ha abandonado un empleo anterior en la esperanza de conseguir otro mejor, porque piensa que puede obtener una retribución mayor de la que se le ofrece, o porque se toma unas vacaciones entre dos empleos sucesivos. Tal paro es el resultado de una decisión, buena o mala, por parte del hombre que esta desocupada. Aunque el término “fricción” es un término tradicional, no es quizá la metáfora más adecuada para describirlo.

No existe un “nivel general” de tipos de salario

No existe un “nivel general” de tipos de salario, pues los salarios nunca cambian uniformemente sino siempre relativamente: “son los precios y salarios individuales los que suben o bajan, y se ajustan entre sí de acuerdo con los cambios continuos de la oferta y de la demanda relativas”.

Keynes trata el “trabajo” a la manera de Marx, “como una masa informe, con un interés global opuesto a un interés igualmente global de los empresarios. Este género de tratamiento hace caso omiso tanto del frecuente conflicto de intereses entre diferentes grupos de trabajadores, como de la frecuente identidad de intereses entre trabajadores y empresarios en la industria o empresa”.

Keynes también ignora el hecho de que la inflación no eleva “el nivel de precios” sino que afecta de manera distinta a los sectores.

Refutación de Keynes: Henry Hazlitt

Puesto que los economistas keynesianos abundan en la región, es necesario que los verdaderos economistas aprendan a desmontar sus falacias. Es por eso que estudiaremos un algunos libros y artículos que refutan el pensamiento de Lord Keynes.

– Los errores de la nueva economía de Henry Hazlitt
– Los errores de la vieja economía de Ramón Rallo
– Precios y Producción de Friedrich Hayek
Y los artículos de Jacques Rueff, Von Mises y Jose Ignacio del Castillo, entre otros

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